— Instrumentos de derrotismo —

Inspirado en El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov

La sorpresa de estar vivo La opinión disidente jugando en el bando de la opinión establecida creando una erosión colosal Por la ciega culpa la triste equivocación la música bajo los sauces y la profana incredulidad Desnudando con ojos hambrientos A la minuciosa deshonra —No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otro hombre— La cordialidad palaciega los lánguidos saludos y sus ceremonias de bienvenida para todos menos los que no llegan La débil luz del candil en espera de Koroviev las posturas pintorescas sobre pedestales Las sonrisas con dulzura calculada que asoman arrugas en narices tristes Los límites incalculables el mareo de la esperanza que reflejan las sombras de las velas con el débil calor de la luna Y yo… yo con los impertinentes rotos sin astucias verbales y sin perfectos silogismos —jaque al rey— Ninguna de esas fábricas nos impresionan por bellas.


— La seca saliva —

Tuércelo y rómpelo, que la utilidad es una trampa. andate y quédate solo solo con tu seca saliva reptil escurridizo aléjate y piérdete en el más oscuro camino que es la luz al final del túnel, la eterna espera: la innombrable resolución de las cosas que está siempre a unos metros, a un paso equivocado, en el filo del vidrio y de un amanecer —solo uno— que me abra los intestinos.


— Apuntes de un sábado de madrugada —

Inspirado en Mac y su contratiempo, de Enrique Vila-Matas

Me fui de tu vida como quien se va de una frase, pues me ha parecido que el exceso en sí mismo puede sentirse como vida. ¿Te das por vencido? Por supuesto, jamás me ha gustado vencer. Me contento con escribir, completamente aterrado, sin atreverme a mirar el espejo, no fuera que viera mi cabeza hundida en el cuello de mi camisa. Escribo para saber qué escribiría si escribiese. ¿Sabrá mi voz que me siento hundido y al mismo tiempo inmensamente liberado? ¿Sabrá que al escribir estos versos, busco convertir la vida en destino? Siempre me gusta ser aquello que no soy. Me encantaría ser sábado y estar siempre abierto al diálogo, pero he nacido domingo y me he quedado con la tortura del tedio, con el amargo esfuerzo de tener que hacerme pasar por un ser humano. Me despierto, me levanto. A veces me divierto, pero la fiesta siempre termina por dejarme angustiado. Y vuelvo a casa solo, enfrentando al amanecer, esperando lo que sea, sabiendo que nada tengo que esperar. Formando parte de las filas incesantes de seres inservibles que desde los viejos tiempos vienen a morir, impertérritos.


— El lenguaje del condenado —

Inspirado en En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart

Escribo tu nombre con letras grandes como continentes. Señor, si lo que pido es justo, ¿por qué me sigues dando largas? ¿Quién ahora desatará el nudo petrificado, la verdad silenciada, el río desbordado como sangre de arteria? ¿Será el amor crucigrama, escurridizo, adivino y duermevela, un histérico que azota?
Amor vendado con dolor, o con más amor, o con amor que es dolor, o con dolor que es dolor, o con una tripa atada al cuello y la garganta rajada. Amor húmedo, fantasma encadenado, con impotentes lágrimas, con ojos clavados en la longitud de lo inevitable, en la inexorable espera y la conclusión melodramática. Sigue balanceándose en silencio, en las acequias, conteniendo multitudes, gérmenes universos, conjunción de nuestras células, eucariotas y accidentales, sacrificio perfecto. Amor mausoleo, con aullidos de alfiler, disciplinado por lágrimas y ladrillos de sangre, ilegítimo y honesto, cadáver ahogado que respira, tres veces mártir y alguna vez crucificado. Amor columpio, destructor de imágenes y creador de superficies, sed de sed, que se adueña de las sogas que lo asfixian. Huracán que condena, aguijón de vientos inútiles, ángel del dolor, luz de luz, tumulto inútil, lenguaje del condenado. Ininterpretable, catástrofe probabilista, infinito, neón que resplandece, océano desbordante, pacífico engranaje, resignación aceptada y aura del deseo satisfecho. ¿Será posible que no me oigas, estando aquí tan cerca y con el sueño ligero? Sigue durmiendo, amor mío. ¿Todo va bien? No, pero da igual. Y ya va siendo hora de deponer las armas y de extinguir esa fugaz antorcha. Quia amore langueo, es decir, me estoy muriendo de amor. Y este es el lenguaje del amor, que tajantemente te dice: …por cosas como estas, amada mía, es que el mundo, con su llanto, eleva su clamor.


— Cita con la lady —

cuando ya no se puede ir más lejos en esta tierra, cada árbol es una victoria pero aquí sólo hay descampados estériles de concreto, yermos desolados por donde volteamos, ilusiones de civilización -gutenberg estaria extenuado de darnos tanto para crear tan poca cosa que arda notre dam a quién le importa dos pepinos que arda toda escultura ficticia y que perduren los verdes cafetales, los arrozales de tierras lejanas dando paso a un nuevo retorno donde las nubes de poliestireno sean un estorbo para estos corazones de mantequilla cortados por cualquier cuchillo.


— Este corazón que ama —

una habitación para Pizarnik

Este corazón apenado, agachado, entristecido, desvanecido, incoherente, ardiente, latiendo lento y muriendo rápido. Desahuciado, necesitado, áspero, rocoso, salado, inmóvil por segundos que parecen días. Debilitado, arrepentido y asustado, de todo y de todos, alejado y abnegado, arrinconado en la esquina de la buhardilla sin cortinas y oscurecida. Somnoliento, malhumorado, fuera de sí como un frenesí, haciendo rabietas por una bocanada de aire que en vez de darle vida lo mata, lo ahoga, lo aprisiona y lo tortura. Le da oportunidad de no dejarlo todo nuevamente y volverse a lanzar al camino; camino perdido, desorientado, achuchado, angosto y terroso, sin una llegada en concreto y en constante espiral hacia el vacío. Este corazón torpemente tosco, atrevido, abierto, sollozado, entrecortado, arrítmico y acrítico. Corazón de acrílico, de paja y de verbena, de cofrade desconfiado, de mártir en quincena, de especie en extinción extinta, sin tinta para llenar tanta hoja en blanco, tanto azufre en los pulmones. Este corazón que sin ti se rinde racionalmente, sin orgullo, sin lucha, sin frontera, sin sueños, sin azúcar, sin esperanza, sin recuerdo y recordándolo. Sin apoyo y soporte, sin punto de mira, sin su cosmos personal que lo proteja dentro de la tierra, sin su imaginación ya robada. Este corazón perdido. Este corazón tan Alejandra sin ti.


— Personas y cosas que me dan felicidad cuando no puedo más —

Ver el hocico de mi perro recostado sobre su cojín favorito. Los amaneceres (aun cuando los veo por no conciliar el sueño). Cenar con la tía Monica. La siempre música. Caminar. Agradecer lo mucho o poco que tengo. La dobladura de una hoja con un mensaje secreto. Ver brincar a Magda por los arbustos. Magda, siempre Magda. En el siempre bosque. La ternura por la nada y su abismo eterno. El horizonte como utopía. Charles Simic y Emil Cioran. Los poetas malditos y María Zambrano. Antonio Machado y León Felipe. Fernando Pessoa y Miguel Demio. Recordar que todo pasa, incluso hoy. El color verde. Los niguiris que vienen de dos en dos. Escuchar un LA menor siete. Mis hermanos, que brillan como luciérnagas. Mi madre de corazón atómico. Ver jugar a Pedri. El tiramisú del Darosa. Meditar sin éxito. Fluir sin ser agua. Acostarme y dejarme sentir, aunque después me cueste levantarme. Recordar que duele porque sigo aquí, atrapado entre estos cables. El saberme amado, aun con sus imposibilidades. La rutina aunque asfixie. Planear viajes que nunca podré hacer. La responsabilidad afectiva. La poesía de las calles. Las enseñanzas del viejo sol en su inacabable universo. Saber que cargamos polvo de estrellas. Un lunes que no se trabaja. Algún poeta chileno y Jorge Luis Borges La cerveza. Los propery brothers con la val. El vino cuando tú también quieres. Christopher Hitchens. Y el conocimiento cómo verdad. La libertad elegida. Los ideales sin dogmas. El dios de Spinoza. Este corazón doliente. Este enorme corazón doliente. Ver al viento mecer los árboles. Ver llover. Escuchar llover. Oler llover. Sentir llover. Aceptar mis lágrimas como algo radical. Pensar en los pingüinos. Respirar dos veces fuerte y exhalar muy lento. La Pizarnik y sus nueve monstruos que le robo al Cesar, Que 30 minutos pasen en un segundo. Los pájaros sin jaula. Que el zoológico esté en bancarrota. Leer sobre anarquismo. El calor de Dios como ateísta. Los insomnios productivos. Sentirme el gran responsable. Ver el mar. Escuchar el mar. Oler el mar. Sentir el mar. Estar lleno de arena. Un blanco litoral. Saber que las coníferas tropicales existen bajo todo pronóstico. Comer. Comerte. Comernos. Mi habilidad para sonreír a pesar de estar derrotado. El yoga para bipolares. El deseo por un futuro igualitario. El sentir el fin del capitalismo. La reaparición de los rituales. Tocar la guitarra para ella. La Poesía para pingüinos. Pensar en Mónica y... hacer una lista de las cosas que dan felicidad.


— Sin título —

Soy un humano, pero desearía ser papalote, sobrevolando la paz de un cementerio.


— POEMAS —